Artículo EL MUNDO, Septiembre de 2013.

Todo ha cambiado, nada es como en 1978. Nuestra Constitución, pergeñada por los líderes políticos de la época, sentó las bases de la actual sociedad democrática ¡Gracias! Aquel momento dio seguridad y estabilidad a España, nos permitió crecer económica y moralmente, y salir reforzados frente al mundo. Nuestros principios y valores se tradujeron en un proyecto político que hundía sus raíces en un crecimiento solidario sostenido por inversiones públicas en infraestructuras y en una educación y sanidad universales. Derechos de primera y segunda generación que nuestra sociedad ha patrimonializado como propios. Pero necesitamos mirar al futuro y definir qué socialdemocracia queremos para nuestros hijos y nietos. Estamos obligados por nuestra historia, sin permitir un sólo paso atrás en esos derechos conquistados entre todos, a introducir reformas que pongan el reloj de la socialdemocracia española a la hora del siglo XXI.

Atravesamos una segunda transición política en plena crisis económica superpuesta a la político-social y la institucional. Toda crisis constituye un momento de elección y resolución en el que todo está en entredicho, pero también una oportunidad. Como ocurrió durante el periodo que antecedió a la República, contamos hoy con una sociedad políticamente madura y con unas generaciones de jóvenes que son las mejor formadas de la historia reciente de España. La socialdemocracia está obligada a hablar con claridad, afrontar el futuro con ilusión, y liderar el mañana de España en el marco europeo. Tenemos que hacerlo con valentía y sin complejos, escuchando a la gente, pero con principios claros.

Nada es, todo cambia, sobretodo para la izquierda. Al igual que en los años 1980 y en la primera legislatura de Zapatero, nuestro futuro entraña un cambio de mentalidad. Allí donde esté el sentir del pueblo tenemos que estar los socialistas proponiendo una socialdemocracia moderna cuya piedra sillar resida en un Estado del Bienestar sostenible social, económica y medioambientalmente. Este modelo es necesario y fundamental para una convivencia pacífica y en libertad, para restaurar la confianza ciudadano-Estado y dar pasos decididos desde la actual democracia representativa hacia otra de naturaleza participativa y deliberativa. En definitiva, una democracia avanzada para una sociedad cuya primera virtud sea la justicia cordial.

Es hora de articular otro modelo social de convivencia que defienda la sanidad y la educación públicas, universales y laicas. Que nuestro Estado de Bienestar, aunque pueda ser más pobre, no sea más injusto. Vayamos más lejos y no concibamos la sanidad como un gasto sino como palanca de crecimiento por su alto contenido en capital humano y tecnológico. Que la educación no sea sólo soporte de empleabilidad para el ciudadano, sino clave de bóveda de la cohesión social y política de una democracia avanzada que promueva una cultura de esfuerzo y trabajo. Una democracia que exija modernizar el Estado y descanse en una educación que asegure un marco institucional legítimo y justo, que priorice una educación a lo largo de la vida basada en el esfuerzo, mérito y capacidad, y privilegie la calidad innovadora y el laicismo. Fortalezcamos la sociedad civil, articulémosla con el Estado, y empoderemos al ciudadano con los medios necesarios para que lleve una vida que tenga razones para valorar como vida buena.

Propongamos un nuevo New Deal donde el Estado tenga como ejes de actuación la creación de empleo, la vivienda, la promoción del medio ambiente y la sociedad del conocimiento, pues los bienes inmateriales son los principales creadores de riqueza y valor. Que comprometa a los empresarios a reinvertir los ahorros de sus empresas en creatividad, investigación, innovación y ciencia. Creemos nuevas bases para generar empleo, y un sistema fiscal progresivo sin miedo a exigir más a las grandes fortunas. Apostemos por los nuevos sectores productivos, por una competitividad que resulte de inversiones reales y sociales sostenibles, productivas, seguras e inteligentes. Revisemos la relación persona-territorio en todos sus ámbitos, y estimulemos la participación del Estado al priorizar a las personas frente a negocios financieros y mercados irresponsables. Racionalicemos la administración y las instituciones ineficientes, ineficaces o insostenibles.

Urge este esfuerzo y debemos extenderlo más allá de nuestra militancia. Establezcamos un pacto con el mundo de la ciencia y la cultura, con los nuevos profesionales. La socialdemocracia debe deliberar sobre sus valores y acerca del mejor modo en que se pueden trasponer a la sociedad. Esto es lo que nos hace auténticos y transgresores. Pero debemos abrir el debate ideológico y conceptual a los universitarios, pensadores, escritores, y creadores, acerca de qué España queremos construir y hacia dónde queremos avanzar. Es imprescindible esta simbiosis, desde una perspectiva positiva, un liderazgo fuerte y crédito social. Vayamos hacia una España en Positivo y apostemos con mensajes claros por el progreso de la mayoría. Abandonemos la tibieza y las medias tintas, salgamos orgullosos a explicar por qué el PSOE es la esperanza real que tienen nuestros ciudadanos para desarrollar una vida que valga la pena ser vivida, y asentada en pilares sociales, culturales, y económicos que sean garantía de una sociedad mejor y superadora del modelo ideológico de la derecha. Es hora de que renazca la política para las personas, pues la salida de la crisis será socialdemócrata o no será.

Francesc Romeu. Vicesecretario general PSPV-PSOE, su último libro es Hasta aquí hemos llegado.